Siempre he oído música clásica. No sé de donde me viene la afición, pues en mi familia nadie la escucha. Recuerdo que cuando era niña tenía, como tantas otras, un joyero que al abrirse tocaba el Para Elisa, de Beethoven. Quizás, en esos compases tan simples como sublimes, empezó todo.
El otro día, sin darme cuenta, me quedé escuchando el Réquiem de Mozart. Es curioso. Muy curioso, que su última pieza sea la más famosa de todas cuantas ha escrito. Increíble la inmensa casualidad que hizo que, de entre todas las obras que compuso a lo largo de su vida, fue aquella, la inacabada, la imperfecta, la que se convirtió en el símbolo de todo lo que a Mozart engloba.
Y el réquiem tiene vida propia. Es la más hermosa y a la vez la más triste de todas las piezas del músico, y no por su tema. Si no porque eso, esa última pieza, representó el final de un talento que siglos después de su muerte aún conmueve a millones de personas en el mundo.
Y he ahí que encontramos la belleza en la imperfección. Porque los compases que no ha escrito flotarán eternamente en el olvido, tan cercanos que incluso podríamos tocarlos, imaginar cómo su mente habría desarrollado el final… sin llegar a saberlo nunca.
Por eso a veces lo imperfecto es más hermoso que aquello que está completo. Y está solo en nuestro ojo la capacidad para verlo. Porque tal vez si esa pieza hubiese sido una más en su larguísima lista de composiciones nunca nos habríamos fijado en ella. Porque tal vez estás ignorando algo que está ahí, y que adorarás sólo si te tomas el tiempo de fijarte en él.

